Una nueva cultura de la sociedad civil
En los últimos años España ha experimentando un cambio en lo que respecta a los papeles tradicionalmente asignados a la empresa y al tercer sector, también denominado sociedad civil o sector no lucrativo.
En el ámbito empresarial hemos asistido a un renovado interés sobre el papel social de las empresas poniendo en duda la famosa máxima de Milton Friedman de que la única responsabilidad de las empresas es aumentar sus beneficios. En el caso español este papel social se ha interpretado a menudo a través de la necesidad de que las empresas colaboraran en causas sociales de interés general vía el patrocinio, el mecenazgo u otras formas más modernas de financiación/colaboración.
Sólo desde hace cinco años se ha popularizado en nuestro país un concepto más amplio del papel social de las empresas a través de la llamada responsabilidad social corporativa (RSC) o, mejor aún, de la idea de la sostenibilidad de las empresas, es decir, de la viabilidad de éstas a largo plazo tanto económica, como social y medioambientalmente en el contexto de un mundo globalizado.
La consideración de la empresa como un conjunto de públicos que afectan a nuestra actividad o son afectados por ella o el renovado planteamiento de que a través del mercado y la actividad que les es propia, fundamentalmente de la innovación, las empresas están llamadas a promover el bienestar, son sólo algunas ideas que hoy se manejan en foros y debates, quizás todavía poco implantadas en la práctica empresarial de nuestro país. El tejido empresarial español presenta en cierta medida algunas debilidades que imposibilitan, por expresarlo de alguna manera, entender la sostenibilidad empresarial como algo ligado fuertemente a la innovación y capaz, por tanto, de servir de palanca para la generación de beneficio a largo plazo y en el triple sentido (económico por supuesto, pero también social y medioambiental).1
En el caso del tercer sector, los cambios se vienen fraguando también desde mediados de los 80 y acelerándose en los 90. Por un lado, ha tenido lugar una eclosión de entidades y causas que han irrumpido en la sociedad civil al hilo tanto de la iniciativa ciudadana como, también, de la incapacidad de las instancias públicas de hacer frente a muchas necesidades de modo directo, dejando a terceros la provisión de dichos servicios, financiando a dichas entidades vía subvención o ayudas.
También ha sido detectable un uso distinto por parte de las Administraciones de los fondos públicos (ahora se subcontrata más que se subvenciona) lo que ha promovido que muchas entidades de la sociedad civil hayan tenido que acudir a la financiación privada de sus actividades, vía donaciones corporativas o empresariales o, también, a través de la captación de donaciones particulares. Sin embargo, con todo, la dependencia o la “mentalidad” de que el Estado debe financiar al tercer sector son todavía muy dominantes y explican algunas de las peculiaridades de éste en nuestro país.
Por otro lado, es indudable también que hemos asistido desde los años 90 a un considerable crecimiento del tercer sector en términos de empleo y producción de bienes y servicios así como a una creciente profesionalización. Las dos tendencias son evidentes y, aún con matizaciones, muestran la vitalidad de la sociedad civil.
Sin embargo, el sector social en nuestro país muestra un abigarrado y complejo panorama que, tras el crecimiento, va a afrontar retos importantes en su consolidación, retos que aluden a la necesaria eficacia de sus actividades en un mercado cada vez más competitivo como, también, a la imprescindible innovación. El pasado año se presentó en España por la Fundación Ecología y Desarrollo el estudio de la consultora británica SustainAbility “La Ong del siglo XXI” con el sugestivo título de “En el mercado, por el cambio” que señala ese importante giro mental que las entidades de la sociedad civil debieran adquirir y con ellas todos nosotros.
Emprendedores sociales: un nuevo concepto
Recientemente, Ashoka ha abierto oficinas en nuestro país para impulsar un nuevo concepto muy ligado a la vitalidad que creemos se necesita en la sociedad civil española. Bill Drayton, el fundador de Ashoka, acuñó el término de emprendedores sociales hace más de 25 años para denominar una especie particular del género emprendedor, que combina el temperamento incansable, la visión, la determinación y los métodos pragmáticos y orientados a resultados de los emprendedores de negocios (que son capaces de transforman industrias enteras), con las metas y calidad ética de los grandes reformadores sociales (que son capaces de lograr importantes avances en el campo social).
Ashoka está hoy en más de 60 países promoviendo el emprendimiento social. Apoyando a los emprendedores sociales más destacados a impulsar sus ideas, en un momento en que este apoyo representa mucho en las vidas y las ideas de estas personas. Representa una apuesta e impulso en un momento en el que conseguir apoyos es complicado, por lo innovador y lo novedoso de sus ideas. Ashoka les permite enfocar todo su tiempo y energía en consolidar estas ideas para asegurar que alcancen el mayor impacto social posible.
Lo mismo que el mundo empresarial necesita, entre otras muchas cosas, de emprendedores para progresar y ofrecer mejores productos y servicios, los emprendedores son necesarios, también, en el ámbito social para ayudar a resolver los retos más importantes y difíciles a los que se enfrenta. Esta fue la primera idea, quizás sorprendente, de Bill Drayton. Para Bill, el tercer sector, la sociedad civil, no es simplemente un ámbito "residual" que trabaja donde el Estado y las empresas no pueden o no quieren llegar, sino el ámbito donde están los gérmenes de muchos cambios positivos. Pero, para dar de sí todo su potencial, el tercer sector debe acelerar su ritmo y, para eso, entre otras cosas, necesita de emprendedores sociales que se conviertan en modelos visibles para animar al resto de la sociedad a participar, a involucrarse y a impulsar cambios y mejoras en las sociedades en las que viven. La vida y los logros de estos emprendedores animan a cientos de personas a participar y tomar iniciativa, a movilizar a otras personas en sus proyectos, lo que da una vitalidad, energía, entusiasmo y fuerza muy importante a la sociedad civil en la que los emprendedores sociales actúan. Esa es la apuesta de Ashoka: Trabajar por una sociedad en la que todos se sientan con la confianza, la libertad y la capacidad de convertir retos en soluciones, oportunidades en realidades.. en la que todos se animen a ser verdaderos impulsores de cambio.
Emprendedores sociales ha habido siempre. Un ejemplo es Florence Nightingale, quien a mediados del siglo XIX, entre otras cosas, salvó las vidas de millones de personas al revolucionar la atención médica, crear la profesión de enfermería y popularizar el uso de datos estadísticos para influir las políticas públicas. Otro ejemplo es María Montessori, quien a finales del siglo XIX generó una transformación de proporciones semejantes a la de Nightingale cuando cambió la visión que en todo el mundo se tenía de los niños y de los métodos y fines educativos. La vidas de ambas son impresionantes y en cierto sentido semejantes: cada una percibió una situación que encontró insoportable, vio que cambiándola se beneficiaría a toda la sociedad, y se dedicó con todo su talento, ímpetu y recursos a transformarla. Ambas sintieron una especie de llamado al que dedicaron su vida, y a lo largo del camino superaron toda suerte de trabas y obstáculos personales, familiares y sociales, que no eran pocos en un mundo en el que las mujeres de una cierta posición social normalmente se quedaban en casa y a lo mejor que podían aspirar era a un buen matrimonio. Sacrificaron, sin vivirlo como un sacrificio, seguridad, salud, estabilidad y toda una serie de cosas por las que otros hubieran dado lo que fuera, y gracias a su empeño transformaron el mundo. Como ellas hay otros ejemplos históricos de emprendedores sociales excepcionales.
Lo que sí es nuevo es la masa crítica de emprendedores sociales, con impactos globales, que se ha generado en las últimas décadas. Una clara prueba de ello son los casi 1.700 emprendedores sociales que forman la Red Internacional de Ashoka. Según Bill Drayton “la parte operativa de la sociedad que trata con asuntos sociales, ha experimentado una transformación histórica, un cambio profundo en su arquitectura a una velocidad y escala sin precedentes. Ha pasado de ser premoderna, a ser emprendedora y competitiva, en exactamente el mismo sentido en que estos términos se usan en los negocios”2. Es una transformación semejante a la que sufrió la parte de la sociedad dedicada a los negocios durante los siglos XIX y XX. Al igual que ocurrió con la transformación de los negocios, la del sector social se está dando de manera bastante silenciosa; Pero nadie cuestionaría la magnitud de la transformación que sufrió la economía mundial a partir del siglo XIX, con el advenimiento de los emprendedores y la competencia, y los efectos que esto ha tenido sobre la vida de los seres humanos. Por dar sólo un dato, el economista William Baumol3 ha encontrado que el ingreso per cápita en el mundo se mantuvo igual desde los tiempos de los romanos hasta 1700. Durante el siglo dieciocho creció 20%, durante el siglo diecinueve más de 200% y por encima de 700% en las economías de mercado durante el siglo veinte. Si bien el incremento en el ingreso y sus efectos beneficiosos no han sido equitativamente distribuidos a toda la población del mundo, si bien la industrialización ha generado daños colaterales al medio ambiente, etc, la mejora global en términos de salud, alfabetización, información, comunicaciones, expectativa y calidad de vida durante el siglo XX ha sido impresionante.
Las evidencias de que ahora está ocurriendo una transformación igualmente profunda en el sector social son diversas y contundentes. Por poner algún ejemplo, en todos los continentes ha habido un crecimiento exponencial en el número de organizaciones ciudadanas: Eslovaquia pasó de tener 10 organizaciones en 1989 a más de 10.000 en diez años; en EEUU se ha triplicado el número entre 1982 y 2002; en esos mismos años en Brasil pasó de haber 5.000 organizaciones a 400.000; Indonesia pasó de tener una organización ecologista en 1983 a 2.000 en 1997. El empleo a tiempo completo ha crecido 2.5 veces más en el sector social que en el sector de negocios a nivel mundial y los sueldos en el sector social están ganando terreno, lo mismo que el estatus de los empleos. Han surgido emprendedores como Muhamed Yunus, un profesor de economía de Bangladesh que, tras ver los efectos que tuvo un pequeñísimo préstamo que hizo durante un hambruna en su país, desafío todos los paradigmas existentes sobre cómo y a quién prestar dinero y creó el microcrédito a gran escala. Su idea y método se ha expandido por el mundo como un reguero de pólvora. Hoy su organización, el Grameen Bank, tiene más de tres millones de clientes activos en Bangladesh y hay miles organizaciones de microfinanzas en el mundo, que atienden a millones de clientes.
También nuestro campo del emprendimiento social, a pesar de llevar poco tiempo, está dando mucho que hablar. Se escriben libros, artículos y casos de estudio sobre emprendedores sociales, las escuelas de negocios y universidades han incluido cursos y áreas de especialización y se han creado una serie de organizaciones para apoyar el emprendimiento social en todo el mundo. Todo indica a que el sector social se está volviendo más competitivo y emprendedor y es indudable es que los efectos de la transformación del sector social que hemos descrito son y serán múltiples e importantísimos.
La cultura del emprendimiento en España
El establecimiento de Ashoka en España en sus primeros años ha encontrado ciertas dificultades precisamente por las peculiaridades culturales de nuestro país en varios conceptos clave del emprendimiento social: el primero, todo lo que gira alrededor de la figura del emprendedor; el segundo, lo que se refiere al término social.
Efectivamente, una de las debilidades evidentes de nuestro país es la carencia de emprendedores, sean del ámbito que sean. Emprendedores entendidos como personas con visión, determinación y capacidad de generar un impacto –social, económico- a través de la innovación. Frente a países de nuestro entorno, el emprendimiento en España es aún escaso. En un reciente estudio, España aparecía en un preocupante puesto 22 de la Europa de los 25, en el epígrafe de espíritu emprendedor.
Desde luego no faltan personas con visión, pero la visión hay que acompañarla con una determinación infatigable de llevar algo a cabo hasta el final, y de la capacidad de poder liderar un equipo. Efectivamente las empresas son equipos, pero son equipos conducidos por un líder al principio, por varios cuando crece.
Frente a la cultura del emprendimiento, nuestro país ofrece la cultura del artista (con visión pero individualista, incapaz de liderar un equipo), o la cultura, en el mejor de los casos, del buen gestor, capaz de dirigir algo durante un buen tiempo, pero no comprometido con ello hasta el final, o, en el peor de los casos, la cultura del que se acomoda a lo que ya viene dado, sea en la empresa o en el sector público. Este acomodamiento se explica porque el español es conservador y no le gusta el riesgo, no está habituado a él por razones culturales: está habituado a lo contrario, también las nuevas generaciones. No está acostumbrado, por poner ejemplos simples, ni al cambio de trabajo, ni al de residencia (si no es por imposición), ni siquiera al de estudiar fuera de su ciudad, se independiza tarde, prefiere la compra a la vivienda al alquiler, un empleo seguro y para toda la vida, y así un largo etcétera.
Pero es que, además, el emprendimiento está siempre fuertemente ligado a la innovación, pues ésta es la clave del éxito o como muchos han señalado, la verdadera responsabilidad de los emprendedores: producir nuevos servicios y productos, o producirlos de una manera nueva, más eficaz, llegando a nuevos clientes, a nuevos mercados. En este campo de la innovación España también se encuentra en la cola Europa (en el puesto 16 de los 25 estados de la Unión). Cuando no hay emprendimiento ni innovación incluso la empresa más exitosa deja de crecer y de avanzar. Lo mismo ocurre con cualquier sociedad, por avanzada y estable que parezca. El crecimiento es insostenible porque para sostenerse hay que crecer, no en el sentido economicista del término "más" sino en el sentido más profundo "mejor".
Pero las dificultades que el concepto de emprendedores sociales tiene en nuestro país no se limitan al sustantivo –emprendedores-, sino también al adjetivo –sociales-.
El emprendedor social es una persona no sólo con capacidad de ver cómo generar un cambio social y con la capacidad de llevarlo a cabo, es una persona con la determinación y el compromiso de hacerlo hasta el final para generar dicho cambio social. Y esto nos remite a la cultura de la participación social, del compromiso cívico en definitiva, muy ligada, al emprendimiento, al riesgo, al cambio.
España tiene una larga tradición de dependencia Estatal. Hemos pasado de un estado paternalista que no podía cubrir las necesidades sociales, a un estado del bienestar incompleto pero con una cultura de dependencia publica, donde se asigna al Estado y sólo a él o principalmente a él, la promoción del bien público o su identificación con el bien común. Esta tradición está arraigada tanto a la izquierda como a la derecha. Superada la transición española, instalada la democracia, pasadas las primeras fiebres de participación política y ciudadana, los españoles han tardado en entender que el compromiso cívico no tiene lugar sólo cuando hay que ir a las urnas a votar, sino todos los días.
Este compromiso cívico supera el de la participación política entendida en su estricto sentido y se salda en nuestro papel como ciudadanos activos, trabajadores, vecinos, padres de familia, miembros de una asociación cultural o social, patronos o voluntarios en una u otra entidad social, comprometidos en definitiva con las causas sociales con las que nos sentimos identificados, aportando nuestro dinero o nuestro tiempo. No un solo día y ante tragedias tan variadas como el Prestige o el Tsunami, sino de modo cotidiano.
El nivel de pertenencia activa y constante (no puntual), de colaboración en tiempo o económica, de los españoles con las causas sociales es todavía bajo, más de tipo emocional que racional, salvo segmentos y perfiles de población muy concretos y muy activos. Las entidades del sector social son percibidas todavía como el hueco que queda entre el Estado y la empresa, no como un campo de acción de todos.
Es por ello que desde Ashoka hemos apostado de manera muy importante por el emprendimiento y la innovación en nuestro país, tanto en la sociedad civil, donde queremos hacer un especial esfuerzo con los y las jóvenes, como en el tercer sector y el empresarial. Seleccionando y haciendo visibles emprendedores sociales destacados, que sirvan de ejemplo y de aliento para que los ciudadanos y ciudadanas se animen a participar. Animando al sector social a ser más innovador, a pensar de manera diferente en una de sus necesidades y retos más importantes: la movilización de recursos. Compartiendo experiencias, estrategias y buenas prácticas en cómo involucrar a sus beneficiarios y voluntarios, cómo comunicar mejor su misión para animar a otros a participar y cómo hacerse más sostenibles, etc. También trabajamos con las empresas, animándolas a ser innovadoras a la hora de seleccionar sus apoyos; convenciéndolas de la importancia de ser igual de rigurosas y preocupadas con el impacto de su "inversión social" cómo si de cualquier otra inversión se tratara.
Con los jóvenes queremos hacer un esfuerzo especial porque Ashoka ha aprendido en sus más de 25 años seleccionado emprendedores sociales destacados que el carácter emprendedor se demuestra desde la juventud. Alguien que es sus años jóvenes ha probado a tomar iniciativa, a involucrarse, a ser emprendedor... lo será siempre. Una mentalidad emprendedora es una de mejores herencias que pueden y deben recoger las generaciones futuras: atreverse, probar a comenzar algo, estar preparados para fracasar, soñar, arriesgar… impulsar cambios en sus vidas, en la vida común de todos.
Conclusiones
Por todo esto, para que la sociedad civil pueda avanzar en nuestro país es necesario apoyar una cultura del emprendimiento y del compromiso social y cívico innovando, también aquí, en conceptos y visiones. Superando ideas obsoletas de las que estamos prendidos por acomodamiento.
Una sociedad que no emprende –empresarial o socialmente- no puede crecer. Y el crecimiento sostenido es primero crecimiento. El miedo al riesgo, y no la falta de visión, así como la falta de liderazgo personal, explican las carencias de nuestro país al respecto.
La innovación no es sólo cosa de las empresas. Si el tercer sector no innova y se hace más eficaz y más competitivo, no crecerá y seguirá siendo una rémora del Estado, no una sociedad civil independiente.
Más que estructuras, son las personas las que pueden generar estos cambios, las personas que se comprometen y quieren participar. Luego se generan las estructuras, las formas jurídicas adecuadas. Hay un inmenso campo de posibilidades y oportunidades para llevar a cabo importantes cambios sociales, algunos vendrán de la mano de empresas, muchos de formas ligadas al tercer sector.
Artículo publicado en Compromiso Cívico, Fundación Bertelsmann, Barcelona, 2006.
[1] Ver a este respecto La fortuna en la base de la pirámide. C.K. Prahalad. Gránica (2005) o Capitalism at the crossroads. Stuart L. Hart Wharton School Publishing. (2005) y también el más reciente de Austin relacionado con Latinoamérica Social Partnering in Latin America. Lesson Drawn from Collaborations of Business and Civil Society Organizations. Harvard University (2005).
[2] William Drayton, “The citizen Sector: Becoming as Entrepreneurial and Competitive as Business” [CMR, Spr 2002 Vol 44 No 3][3] William Baumol. The Free Market Innovation Machine [Princeton NJ: Princeton University press, 2002]